jueves, 6 de agosto de 2009

Viajando


Era una carretera; un camino. Viajábamos. El asfalto pintaba para rato y las montañas mantenían ese su color entre café y gris (con el cielo de paleta); el frío que, a esas horas, calaba más que los huesos, nos obligaba a abrazarnos. Yo sonreía.

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Era de noche, casi de madrugada pero no, todavía no. El cielo estaba, en ese momento, como en el limbo, casi casi antes de la hora azul (blue blue blue, con el permiso de Bryce), y las montañas, dueñas y señoras de la noche/día, se pronunciaban por donde sea que uno mirara. Yo, flotando.

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Ya de día, el cielo sonreía azul entero... color mar (meditarráneo, que era el más azul que había conocido entonces); las nubes no existían y el infinito era casi tangible en ese horizonte que no pintaba nada más que agua (agüita, agüita). Bailábamos bajo la luna... llena.

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El amarillo pintaba el paisaje de las autopistas, alemanas, de nuestro camino a Praga. Mapa en mano, cual navegante, indicaba el camino que nos llevaría, luego, a esas calles estrechas con faroles; con ventanitas diminutas que, estampadas en paredes amarillas, blanquecinas y, a ratos, grisáceas, serían luego, el retrato de una fotografía colgada en mi pared. Yo callaba.

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Y era gris, el mar. Las olas, grises, golpeaban los enormes pilares de madera que sostenían el pequeño bar, ahí, al final. Tomábamos una cerveza, o dos, y con cada golpe nos sacudía, el mar. Temblaba toda... la mesa. Yo, también, temblaba. Nunca antes había tenido encuentro tal con el gigante.